CARTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
A SUS HIJOS CONSAGRADOS, EN PARTICULAR

A LOS OBISPOS Y CARDENALES

“Me dirijo a vosotros, hijos míos consagrados, como Sumo Pontífice y deseo llamaros de nuevo al profundo Amor de mi CORAZÓN EUCARÍSTICO. En el único verdadero Santuario eterno, en un acto supremo de mi Misericordia, vuelvo a llamaros a tomar parte conmigo al único sacrificio del Amor divino, al único que os nutre, al único que es verdadero alimento y verdadera bebida durante vuestra peregrinación terrena.

 

Todavía quiero daros la vida. Sí, estoy aquí para acogeros con amor eterno.

Conozco a cada uno de vosotros en lo más íntimo de vuestro corazón, conozco vuestros pensamientos más profundos. Desde el seno materno ya os conocía y os amé desde hace mucho tiempo.

 

Conozco vuestra fidelidad, sé si me amais y cuánto; ningún susurro de vuestra alma me es desconocido, pero también conozco todas vuestras obras malas, vuestra ingratitud, vuestra hipocresía, vuestros pensamientos de venganza, de muerte, de sed de poder. Cuánto sabeis oprimir las almas, cuántas obras injustas llenan vuestros planes que estudiais con tanta astucia. Comprais y vendeis cada cosa, ¡pero lo doloroso es que hagais eso con la esperanza de las almas que os han sido confiadas! Mi sentencia ya está lista: ¿o no os acordais que cada uno de vosotros, que cada hombre tendrá que comparecer ante Mí, ante mi tribunal?

 

Las ovejas que os había encomendado, muchas las habeis masacrado, echado, escandalizado, vendido, engañado, pero aunque desde hace mucho tiempo soporto todo el mal que habeis hecho y urdido dentro de mi Casa y entre mi pueblo, Yo sé también cuántas obras de verdadera caridad y profundo amor habeis vivido muchos de vosotros; como muchos de mis consagrados, en el silencio de la historia, han derramado su sangre defendiendo la Iglesia y su fe en Mí. El corazón de muchos de vosotros ha sido siempre para Mí un tesoro precioso, pero como un tesoro de gran valor lo he puesto aparte y, no obstante vuestros errores, siempre os guiado con inmenso amor y os he protegido de las raíces infernales de la cizaña.

Pero ahora estoy aquí para invitar a mis hijos consagrados los sacerdotes, y a vosotros, mis obispos y cardenales, en cuya alma está impreso el gran sello apostólico, con mucho dolor en mi Sagrado Corazón, dolor de Padre y de Salvador, precisamente a los que de vosotros se han manchado de idolatría, de paganismo, de sectarismo, que me han olvidado, que gozan sólo de sus privilegios de poder, que se han uniformado a los planes del mundo, que quieren hacer una Iglesia sin Mí, para el HOMBRE que se hace Dios, que han ignorado las peticiones y súplicas de la Madre mía y vuestra para salva- guardar fines políticos y sectarios, los que hacen oir su voz en los pasillos del Palacio pensando que Yo no les oiga y que el infierno esté vacío o no que exista.

¿Habeis olvidado mi Evangelio? Ah, sí, a menudo decís que son alegorías, que mis Palabras hay que interpretarlas según la realidad de vuestro tiempo, que quien escribió el Evangelio tal vez dijo cosas que no son ciertas, que quizás sean interpretaciones, que el sentido no es real, y habeis inventado trampas lingüísticas y demás, todo muy rebuscado, para desacreditar mis Palabras, pero descubrireis con amargura infinita que lo que Yo dije es perfectamente verdad ¡y nada fue dicho ni de más ni de menos!

Ahora aquí, como Sumo Pontífice, os llamo a uno por uno. Convertíos, hijos queridos, venid, hablemos juntos: aunque hayais herido profundamente y por muchísimo tiempo mi SAGRADO CORAZÓN, aunque mi Madre no deje de llorar y suplicar por vosotros ante el trono de la Santísima Trinidad, aunque el Padre esté indignado por la injusticia humana y el odio de unos a otros, Yo os llamo, os sigo llamando a Mí, si me mostrais el deseo de volver al Amor divino, a la fidelidad, a la humildad, a la verdadera participación al único Sacrificio Eucarístico, si aceptais la Cruz y la defendeis, si mi Palabra vive de nuevo fuerte en vuestro corazón y sin miedo proclamais la Verdad y la defendeis, si sois verdaderos sacerdotes de mi Reino y de mi Santuario, si proclamais la fe en Mí, único Sumo Pontífice, vuestro único Rey, Salvador, Redentor, en Mí que soy el Unigénito del Padre, el Primogénito de los resucitados de la muerte y que por eso la ha derrotado. Yo soy el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Venid a Mí y os curaré, vendaré vuestras heridas y sanaré vuestras almas. Yo soy el único que puede abrir el Libro de la Vida porque soy el Siervo obediente y sufriente. Yo soy para vosotros vuestra felicidad eterna. Venid a Mí, no temais, solo Yo puedo ser vuestra verdadera Paz... Yo borraré todo lo que oscurece vuestras almas, perdonaré todo, cada pensamiento, cada palabra, cada plan y cada intención contra la Iglesia y contra Mí. Os daré un corazón nuevo y puro y un espíritu firme en la fe y en la verdad, lleno de amor.

Esta es una promesa divina y como tal, si de verdad la aceptais, será una promesa indeleble, pero si no aceptais este llamado de amor, si os negais a volver arrepentidos y humildes a mi Corazón, en verdad os digo: mejor hubiera sido para vosotros no haber nacido, conocereis la ira de Dios y sabreis muy bien que el infierno existe, como existe Satanás y todos sus ángeles rebeldes; pero eso, en realidad, muchos de vosotros lo saben ya muy bien, ¡porque les están sirviendo!

 

Cortaré el cedro del Líbano, no importa cuán alto tú seas.
Has llegado hasta ahí, creyendo poder servir a dos amos,
pero Yo cortaré todas tus ramas y las esparciré por todas partes y tú no serás más, ni tu recuerdo.
Hombre hipócrita, débil en la fe, tus palabras te condenan.

Recuerda, ¡el hombre espiritual puede juzgar todo!

Pero no habiéndolo hecho, esparciré tus hojas en el viento y tú no serás más.
Habías crecido junto al agua, pero no fue suficiente para ti.

Has querido parecer lo que no eres y ahora ya no eres más.

 

Yo, Jesús, el Señor, amo infinitamente a mis hijos consagrados y precisamente porque os amo tanto he querido escribiros estas palabras, he querido llamaros de nuevo.

El amor es una caricia al alma, pero también es fuerza para despertar, para llamar de nuevo del inminente peligro gravísimo. El momento es decisivo, está en juego la salvación eterna; hijos míos, no hay retorno, no hay otra posibilidad. Vosotros no sabeis, pero Yo sí: cuando mi Aviso llegue a todos, será un gran dolor para las almas; ¡no espereis, venid mientras os doy tiempo! Mi llamada es dura y urgente. Sabeis que utilizo los medios más pequeños para lo que quiero, siempre así lo he hecho; no os extrañe, más bien escuchad y abrid el corazón antes de que sea demasiado tarde.

Bendigo a cada consagrado que lea y acoja en su corazón estas palabras que dirijo a mis Obispos y Cardenales; bendigo vuestros corazones, sed verdaderos apóstoles, verdaderos misioneros: sobre todo, ¡sed míos!

Le he prometido a mi Madre, la Santísima Virgen María, concederos siete meses en honor a sus siete dolores, si en este momento abrís vuestro corazón a mis Palabras, a mi llamado como Pontífice, Padre y Rey, a mi invitación de amor y de perdón, y os reunís y celebrais una Santa Misa en honor a mi Sagrado Corazón, renovando vuestro sincero amor por Mí y vuestra fe.

Cuidado, hijos, no os engañeis, no penséis que todo sea un cuento y así no hagais caso a mis palabras o digais que “¡nada, nunca pasa nada!” No lo digais, no lo penseis, porque como un ladrón de repente vendré a recuperar lo mío. El Esposo llegó a medianoche, pero Yo puedo llegar de noche o de día, no lo sabeis. Velad por vuestras almas, velad y orad sin cesar. El trigo está maduro, el campo seguirá igual, pero la cosecha cambiará. Buscadme en la Sagrada Eucaristía; cuánto llorareis después, sabiendo cuántas veces habríais podido encontrarme y tenerme en el corazón y no lo hicisteis...”

Jesús a la "pequeña alma". Publicado Marzo 8, 2021

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